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A partir del trabajo publicado en la revista REHMLAC vol. 18, no. 1, enero / junio 2026 de la investigadora de la Universidad de Burdeos-Montaigne, Burdeos-Francia, Cécile Réveugner, sobre la relación de la masonería y su relación a la esclavitud, Revista Masónica Latinoamericana, presenta un breve resumen que examina la relación que establece Réveugner entre la masonería, la esclavitud y los movimientos abolicionistas desde una perspectiva comparada y transatlántica, abarcando principalmente los siglos XVIII y XIX en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. A través del análisis de textos fundacionales, figuras históricas destacadas y el estudio de casos concretos en el Caribe, el trabajo sostiene que los masones no constituyeron un bloque homogéneo frente a la esclavitud, sino que sus posiciones estuvieron determinadas en gran medida por el contexto económico, político, religioso y cultural en el que se desenvolvían.

Las redes masónicas y el Atlántico

Los océanos nunca fueron obstáculos para la comunicación masónica; por el contrario, funcionaron como corredores que facilitaron el establecimiento de redes entre logias de distintos continentes. Los masones viajaban provistos de certificados que acreditaban su membresía y fundaban nuevas logias allá donde se establecían. Esta movilidad trasatlántica es fundamental para comprender tanto la expansión de la masonería como las tensiones internas que generó, especialmente en relación con la esclavitud.

La masonería surgió como una expresión institucional de la Ilustración, comprometida en principio con valores universales de libertad, igualdad y fraternidad. Sin embargo, este compromiso teórico con la libertad no se tradujo automáticamente en una postura abolicionista. El contexto local —económico, religioso y político— pesó habitualmente más que los principios filosóficos proclamados en las constituciones masónicas. Este es uno de los hallazgos centrales del estudio: la paradoja entre el universalismo declarado de la orden y sus prácticas excluyentes o cómplices con la esclavitud.

Los textos fundacionales: de Anderson a Mackey

El punto de partida doctrinal se encuentra en las Constituciones de Anderson (1723), cuyo tercer deber estipulaba que solo podían ingresar a la masonería hombres libres. Esta disposición, redactada en un contexto en el que la esclavitud a gran escala aún no había alcanzado su pleno desarrollo en las colonias, no tenía una intención discriminatoria explícita hacia los africanos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVIII y buena parte del XIX, fue interpretada de manera racista por la mayoría de las grandes logias norteamericanas.

La evolución de esta jurisprudencia es reveladora. En 1849, la Gran Logia Unida de Inglaterra modificó la expresión “nacidos libres” por “libres”, con el fin de permitir el ingreso de esclavos emancipados. Esta decisión fue explícitamente condenada por Albert Mackey en su Jurisprudencia de la Francmasonería (1857), texto de referencia para los masones estadounidenses, quien la calificó de “innovación injustificada”. En contraste, las constituciones de la Gran Logia de Francia y del Gran Oriente de Francia nunca incluyeron restricciones de este tipo, lo que ilustra las diferencias estructurales entre las tradiciones masónicas anglosajona y francesa.

Masones abolicionistas y esclavistas: figuras destacadas

El artículo recorre la trayectoria de diversas figuras históricas para ilustrar la ausencia de una postura masónica unificada frente a la esclavitud.

En Francia, Montesquieu —iniciado en Londres en 1730— formuló una de las críticas más enérgicas de la esclavitud en El espíritu de las leyes, pese a haber poseído acciones de la Compañía de Indias. Voltaire, iniciado poco antes de su muerte en la Loge des Neuf Soeurs, denunció el sistema esclavista en Cándido a través del célebre episodio del “negro de Surinam”. Víctor Schoelcher, masón y miembro de la Convención francesa, impulsó definitivamente la abolición de la esclavitud en 1848. Por el contrario, Moreau de Saint-Méry, también masón, fundó el Club Massiac, organización abiertamente antiabolicionista que defendía los intereses de los colonos.

Napoleón y Josefina representan otro caso paradigmático: aunque el primero mantuvo una relación ambigua con la masonería, Josefina —criolla— jugó un papel decisivo en la restauración de la esclavitud en 1802, tras la primera abolición decretada por Robespierre en 1794.

En el contexto caribeño, Toussaint Louverture, líder de la primera rebelión de esclavos exitosa que condujo a la independencia de Haití, era muy probablemente masón. Su caso, junto al del hacendado francés Polverel —quien promovió la redistribución de tierras entre los esclavos emancipados—, muestra que la masonería también cobijó a figuras comprometidas con la emancipación negra, aunque desde posiciones muy distintas.

En el ámbito anglosajón, Benjamín Franklin, gran maestro de Pensilvania y venerado maestro de la Loge des Neuf Soeurs, presidió la Sociedad Abolicionista de Pensilvania. Thomas Paine, aunque su pertenencia a la masonería no está documentada, mantuvo estrechos vínculos con el mundo masónico y fue autor de uno de los primeros panfletos abolicionistas en América, African Slavery in America (1775).

La masonería en el Caribe: logias de plantadores

Las logias del Caribe, tanto en el ámbito británico como en el francés, estuvieron durante décadas controladas por plantadores, militares y comerciantes directamente implicados en la economía esclavista. No estaban abiertas a los negros, libres o esclavizados, y actuaron como instrumentos de defensa de los intereses coloniales.

El caso de Lovelace Oviton, trompetista negro iniciado en una logia de Brighton hacia 1805, es particularmente ilustrativo. Al regresar a Barbados en 1817 con un certificado masónico en regla, le fue negada la entrada a la Logia Albion de Bridgetown, cuyos miembros eran en su mayoría plantadores. La correspondencia entre dicha logia y la Gran Logia Unida de Inglaterra muestra cómo las autoridades londinenses respaldaron las posiciones excluyentes de los colonos.

Sin embargo, el mismo año en que estallaba la reforma abolicionista en Gran Bretaña, la postura de las logias caribeñas comenzó a cambiar. En 1840, la Logia Albion solicitó formalmente la modificación de las constituciones para admitir a los esclavos recién emancipados, anticipándose incluso a la resolución oficial de la Gran Logia Unida de Inglaterra en 1847. Esta evolución refleja una estrategia pragmática de los plantadores: negociar el giro hacia la emancipación y cooptar a las élites negras emergentes bajo sus propios términos.

El caso de Trinidad, isla con una historia colonial española, francesa y británica entrelazada, ofrece una muestra paradigmática de los intercambios transatlánticos. La primera logia de la isla, Les Frères Unis, fundada por criollos franceses, cambió sucesivamente su adscripción —del Gran Oriente de Francia a la Gran Logia de Pensilvania y finalmente a la Gran Logia de Escocia— siguiendo las vicisitudes geopolíticas del período. Cuatro de sus miembros participaron en la comisión que se opuso a las reformas protectoras de los esclavos impulsadas desde Londres en 1831.

Prince Hall y la masonería afroamericana

La sección central del artículo está dedicada a Prince Hall, esclavo emancipado que en 1784 fundó la primera logia africana en Boston, con el respaldo de la Gran Logia de Inglaterra. Hall dirigió varias peticiones a la Cámara de Representantes de Massachusetts en favor de la abolición de la esclavitud y del reconocimiento de los derechos de los hombres libres negros, y promovió la creación de escuelas para niños afroamericanos. En sus discursos de 1792 y 1797 insistió en la educación como primer deber masónico y denunció abiertamente la trata de esclavos.

Pese a estos esfuerzos, la masonería Prince Hall fue considerada “irregular” por las grandes logias blancas durante casi dos siglos. La Gran Logia de Connecticut fue la primera en reconocerla, pero no lo hizo hasta 1989. Algunas declaraciones de grandes maestros de logias sureñas en el siglo XX alcanzaron niveles de racismo explícito que ilustran la profundidad del ostracismo. Nueve grandes logias estadounidenses —todas del Sur— se niegan aún hoy a reconocer a sus contrapartes negras.

Los intentos de tender puentes entre las logias Prince Hall y las obediencias europeas también fracasaron: el enfoque laico del Gran Oriente de Francia resultó incompatible con la exigencia de creencia en Dios impuesta por las logias estadounidenses, y la Gran Logia de Francia nunca fue reconocida como regular por los masones anglosajones.

Conclusiones

El trabajo de la investigadora, Cécile Révauger, concluye que es imposible establecer una correlación directa y unívoca entre masonería y abolicionismo. Los masones actuaron como esclavistas y como abolicionistas dependiendo del país, la época y el contexto socioeconómico en el que se inscribían. En Gran Bretaña, el abolicionismo masónico cobró impulso con el auge de la burguesía liberal industrial. En Francia, la abolición fue un fenómeno ligado a las revoluciones políticas de 1794 y 1848. En Estados Unidos, la cuestión de la esclavitud desembocó en una guerra civil, y la integración racial en la masonería blanca no se produjo —parcialmente— hasta finales del siglo XX.

Las influencias transatlánticas resultaron determinantes en todos los casos: desde el apoyo de la Gran Logia de Inglaterra a Prince Hall hasta las presiones de los plantadores caribeños sobre las autoridades londinenses, pasando por los intentos fallidos de cooperación entre las logias negras americanas y las obediencias europeas. La masonería, lejos de encarnar un universalismo coherente, reflejó en sus prácticas las contradicciones y jerarquías raciales de la sociedad atlántica de su tiempo.

Ver el trabajo completo de Cécile Révauger aquí.

Revista Masónica Latinoamericana

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