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Mis queridísimos hermanos y hermanas,

mis queridísimos hermanos y hermanas de amistosa obediencia,

mis queridísimos hermanos y hermanas, miembros del Consejo de la Orden,

queridos Grandes Maestros, querida Gran Maestra,

damas y caballeros,

Aquí, en la sección 76 del cementerio Père Lachaise, en este lugar conocido como el «Muro de los Comunistas», nuestros corazones humanistas vislumbran un fragmento de la historia francesa. En este preciso instante, nuestros corazones pueden oír los gritos de aquellos 147 comuneros, combatientes de la Comuna de París, asesinados aquí en mayo de 1871.

Sí, al final de la sangrienta semana, cuando decenas de miles de hombres y mujeres habían sido asesinados en los días anteriores, cuando la represión alcanzó su punto álgido, los combatientes por la libertad, a veces apenas entrenados en el manejo de armas, fueron ejecutados sumariamente, sin otra forma de justicia que la impuesta por la victoria de unos sobre otros.

Su único delito fue creer en otra República, querer defender una determinada idea de libertad, soberanía popular y dignidad humana.

Que vuestra mirada se pose ahora en este muro, y que veáis algo más que un vestigio de muerte; tengamos juntos la audacia de ver:

– Con qué dulzura el tiempo ha hecho poderoso este muro

– Con qué dulzura el tiempo ha hecho heroicos a estos 147 federados

– ¡Con qué dulzura el tiempo nos ha llenado de orgullo por ellos!

Símbolo de resistencia contra la opresión, símbolo de un ideal republicano inacabado, símbolo también de la memoria viva de las luchas por la emancipación.

Cada piedra lleva la impronta de esas vidas rotas, pero también la huella de una esperanza que, a pesar de todo, nunca se extinguió por completo.

Antes que nuestros 147 amigos, decenas de miles más cayeron: ejecutados, encarcelados, deportados. Todos compartían, más allá de sus experiencias individuales, la misma profunda aspiración: la de vivir libres, iguales y plenamente como ciudadanos.

Mis queridísimos hermanos y hermanas, damas y caballeros,

reunirnos aquí es transmitir a las generaciones presentes y futuras la memoria de aquellos que pagaron con sus vidas por sus convicciones.

Es, pues, en la profunda solemnidad del recuerdo que nos hemos reunido aquí esta mañana.

La historia nos recuerda que estos hombres y mujeres intentaron esbozar otra forma de organización política y social.

Estaban imbuidos del fervor de quienes soñaban con la participación cívica, la solidaridad, una cierta idea del bien común, en otras palabras, una vida mejor. Esta experiencia, tan breve como intensa, fue un valiente intento de plasmar principios que nuestra República sigue esforzándose por realizar plenamente incluso hoy.

Así pues, este homenaje a los mártires de la Comuna es también para nosotros un sólido testimonio de la República y del laicismo.

Sí, porque no lo olvidemos. La República no surgió como una verdad simple e incuestionable. Se construyó a través de la adversidad, la duda y la lucha. Desde los inicios de la Revolución Francesa, ha sido constantemente desafiada, amenazada, a veces derrocada, pero siempre reconstruida. Ha resistido las convulsiones de la historia, se ha resistido a los imperios, ha sobrevivido a las restauraciones y ha afrontado las divisiones internas de la nación. Y en cada época, ha sido necesario defenderla, fortalecerla, explicarla y, sobre todo, hacerla amada.

No se trata simplemente de un régimen; ahí radica el malentendido. ¡La República es un requisito! Una construcción paciente que exige el compromiso de las conciencias y la vigilancia de los ciudadanos. O mejor aún, la República es una promesa: una promesa de igualdad, una promesa de libertad, una promesa de fraternidad.

Sin embargo, vivimos tiempos singulares, oscuros y desconcertantes. Tiempos donde la fragilidad es la clave, donde las fortalezas de ayer se han convertido en castillos de arena. Este modelo republicano, considerado durante mucho tiempo un referente, parece estar tambaleándose ante la embestida combinada de la política identitaria, la retórica simplista y las pasiones destructivas.

Ante el auge del populismo, ante el surgimiento de un orden mundial plagado de tensiones, ansiedades y tentaciones autoritarias, la República se enfrenta una vez más a una dura prueba. No solo en sus instituciones, sino en su propio espíritu.

Y ahí reside el mayor peligro: cuando empezamos a dudar de lo que nos une, cuando debilitamos lo universal en favor de afiliaciones exclusivas, cuando sustituimos la ciudadanía por lógicas de asignación.

La República, por su parte, solo reconoce a los ciudadanos. No reconoce ni orígenes superiores, ni identidades fijas, ni afiliaciones jerárquicas.

Ella no clasifica, reúne.

No disminuye, sino que eleva.

Estas no son meras palabras. En 2026, debemos tomarnos el tiempo para escuchar el poder oculto tras el simple verbo “unir”. En 2026, debemos reconocer la plenitud y la verdad de este término. Porque vivimos en tiempos en los que no nos queda más remedio que recordar que, por su propia naturaleza, la República es más fuerte que toda forma de racismo, más fuerte que toda forma de antisemitismo. Porque se fundamenta en un principio simple e inalterable: la igual dignidad de todos los seres humanos. Donde las ideologías del odio dividen, crean jerarquías y excluyen, la República une, protege, emancipa y congrega.

La preferencia nacional, el aislamiento comunitario y la categorización basada en la identidad no son respuestas a los desafíos de nuestro tiempo; son los síntomas más preocupantes.

Reflejan un temor al otro, una desconfianza hacia lo universal, una renuncia a aquello que constituye precisamente la grandeza del proyecto republicano.

Por lo tanto, nos corresponde a nosotros, hoy como ayer, mantenernos firmes. No ceder ante la retórica fácil que se aprovecha de los miedos. Recordar a todos, con contundencia y claridad, que la República es un bien común, frágil por ser exigente, pero poderosa por ser universal.

Queridísimos hermanos y hermanas:

Este año, el Consejo del Gran Oriente de Francia ha decidido centrar su labor en la refundación del contrato social. Este tema nos obliga a examinar en profundidad los fundamentos mismos de nuestro acuerdo colectivo y a poner a prueba su solidez. Esta elección no fue casual; nuestro objetivo (como ya habéis comprendido) era exponer las debilidades del contrato social.

¿Qué mejor lugar de recuerdo y reflexión que el Muro de los Comunistas, dedicado a los mártires de la Comuna, para recordarnos solemnemente que la República no puede vivir plenamente si renuncia a la justicia social, si tolera las desigualdades, y peor aún, si olvida a quienes la componen?

Por lo tanto, atrevámonos, sí, atrevámonos a ir más allá en el pensamiento.

¿Qué se puede decir, en efecto, de un contrato social que ya no cuestiona el descenso social de millones de nuestros conciudadanos? ¿

¿Qué se puede decir de estos trabajadores pobres, cuyo trabajo ya no garantiza una existencia digna?

¿Qué se puede decir, además, de un orden económico que concentra la riqueza sin cuestionar siempre su legitimidad o propósito?

Reconstruir el contrato social no se trata solo de mantenerse erguido con honor y proclamar principios: se trata de aceptar cuestionar el contrato en sí mismo, se trata de atreverse a ver lo que nadie se atreve a describir hoy, las condiciones de vida de miles o incluso millones de nuestros conciudadanos.

Reconstruir el contrato social implica aceptar la necesidad de revisar sus modalidades. Significa imaginar, con valentía y visión de futuro, una nueva distribución de la riqueza, más audaz, más equitativa y firmemente centrada en la dignidad humana. Porque sin este requisito, nuestro contrato social corre el riesgo de convertirse en una mera promesa debilitada, alejada del ideal republicano que pretende encarnar.

Así pues, en este lugar impregnado de historia, recordemos que la fraternidad no puede ser una palabra vacía, y que la justicia social sigue siendo el horizonte insuperable de toda República fiel a sí misma.

Mis queridísimos hermanos y hermanas, aquí, ante el Muro de los Comunistas, en este lugar que nos habla de un poderoso ideal republicano, en este lugar que nos susurra aún más que un ideal no se satisface ni con la renuncia ni con las medias tintas, en este lugar que afirma que la libertad solo tiene sentido si se comparte.

En este lugar que clama a través de las piedras que la igualdad solo vale la pena si es real, y que la fraternidad, ante todo, no puede ser una palabra grabada en piedra sin estar encarnada en nuestras acciones.

Sí, en este lugar, comprometámonos a que nuestra hermandad seguirá siendo nuestro vínculo.

Es lo que nos une más allá de nuestras diferencias, lo que nos eleva por encima de las divisiones, lo que nos permite, en tiempos difíciles, no sucumbir a la tentación del repliegue o la indiferencia. Es la condición misma de nuestra fidelidad al ideal que proclamamos.

Porque mañana, incluso más que ayer, no tendremos opción; debemos recoger lo que está disperso, sí, tendremos que recoger lo que está disperso.

  • No por comodidad, sino por necesidad.
  • No por conveniencia, sino por deber.
  • Unirnos para mantener viva la República.
  • Unirse en defensa de la dignidad humana,
  • Reunirnos para que la luz que otros, aquí mismo, quisieron llevar al sacrificio supremo nunca se extinga.

Mis queridos hermanos y hermanas, al despedirnos, todos los aquí presentes, llevemos con nosotros esta ardiente certeza, Mientras sepamos estar unidos, mientras sepamos ser fraternos, mientras sepamos reunir lo que está disperso,

¡nada, absolutamente nada, podrá extinguir la esperanza republicana que nos anima!

¡Viva la fraternidad!

¡Viva la República!

Pierre BERTINOTTI,

Gran Maestre del Gran Oriente de Francia

Revista Masónica Latinoamericana

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