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Una vida en movimiento al servicio de la razón y la igualdad

Belén de Sárraga (1872-1950) fue una de las figuras más extraordinarias del activismo político iberoamericano de principios del siglo XX. Española, nacida en Valladolid, su vida fue una travesía incesante entre continentes, tribunas, logias masónicas y redacciones de periódicos, impulsada por una convicción inquebrantable: que la razón, la educación y la igualdad eran las únicas armas capaces de transformar el mundo.

Lo que hace singular a Sárraga no es solo la coherencia de sus ideas, sino la escala de su acción. Mientras la mayoría de las mujeres activas políticamente en su época se expresaban a través de la prensa escrita o de organizaciones formales, Sárraga llenaba teatros con miles de personas, cruzaba océanos y fundaba federaciones anticlericales en medio continente.

Formación política en una España convulsa

Hija de un militar masón, Belén de Sárraga creció en un ambiente intelectualmente activo. Se formó como maestra en Puerto Rico, inició estudios de medicina en Barcelona y se casó con Emilio Ferrero Balaguer, republicano y masón como su padre. Fue iniciada en la logia Severidad con el nombre simbólico de Justicia a los 22 años, en 1896. Su misión dentro de la masonería quedó clara desde el primer día: atraer a las mujeres hacia la luz, la conciencia y el conocimiento.

Su adhesión al Partido Federal Republicano de Pi y Margall le permitió combinar masonería y política en una sola práctica militante. En Málaga organizó junto a su marido la Federación Malagueña de Sociedades de Resistencia de Obreros, que en 1902 reunió a 9.000 personas en un solo mitin, y al año siguiente a 12.000 representando a 50.000 obreros. Era ya entonces la figura más emblemática por sus dotes oratorias y por ser una mujer activamente política en un espacio dominado por hombres.

Pagó un precio alto por ello. Fue detenida en múltiples ocasiones: por presentar los estatutos de una asociación librepensadora de mujeres, por defender la República desde la prensa, por oponerse al envío de los hijos de los pobres a la guerra mientras los ricos eludían el servicio. Sufrió atentados. Sus periódicos fueron clausurados repetidamente. En 1906, con 34 años, decidió que España ya no le ofrecía el espacio que necesitaba y partió hacia América Latina.

La gran travesía latinoamericana

Su punto de partida fue el I Congreso Internacional de Librepensadores celebrado en Buenos Aires en 1906, donde los republicanos españoles constituyeron la Federación Republicana Española en América. Fue allí donde germinó la idea del panamericanismo: una federación de repúblicas latinoamericanas unidas por una lengua común, una historia colonial compartida y el ideal laico de la educación como liberación. Sárraga la abrazó con entusiasmo y la convirtió en uno de los ejes de su discurso continental.

  • En Uruguay, donde se instaló en 1907 con sus hijos, dirigió el periódico El Liberal entre 1908 y 1910, publicó artículos en defensa de los niños ilegítimos, promovió la educación laica y la separación entre la Iglesia y el Estado, y fundó la Asociación de Damas Liberales. La Iglesia uruguaya respondió amenazando con excomulgar a quienes asistieran a sus conferencias. Ella respondió organizando asados en la plaza frente a la catedral de Montevideo los viernes de Semana Santa.
  • En Argentina, participó en 1910 como vocal en el Primer Congreso Femenino Internacional, donde conoció a Alicia Moreau Justo y defendió el sufragio femenino, el divorcio, la educación laica y el pacifismo. Más tarde se integró en la Orden Masónica Mixta, alcanzando el grado 33 con el nombre Justicia. Su carácter impetuoso la llevó eventualmente a ser expulsada de la institución por apoyar una candidatura sin el aval del Gran Oriente de Francia, una torpeza política que marcaría su trayectoria masónica posterior.
  • En Chile, visitada en 1913 durante una depresión económica que golpeaba duramente a los trabajadores del salitre, su influencia fue decisiva para elevar la conciencia de género entre las mujeres asalariadas. Se formaron entonces los Centros Femeninos Belén de Sárraga en Iquique, Antofagasta y otras localidades del norte, dirigidos por mujeres como Teresa Flores, María Castro y Adela de Lafferte. La historiadora chilena Julia Antivilo los describe como la consolidación del movimiento feminista integrado en el movimiento obrero de las primeras décadas del siglo XX.
  • En México, adonde llegó en 1921 invitada por el gobierno revolucionario de Álvaro Obregón, encontró su escenario más ambicioso. Fundó la Federación Anticlerical de México (FAM) y dirigió la revista Rumbos Nuevos entre 1923 y 1928, financiada con el patrocinio oficial del gobierno posrevolucionario. Daba conferencias en teatros y de gala por todo el país, construyendo una imagen épica de la Revolución Mexicana como modelo para el continente. En 1924 logró que se expulsara al nuncio papal Filippi, acusado de injerencia política. La tensión acumulada entre clericales y anticlericales estalló en la Guerra de los Cristeros (1926-1929), que el propio gobierno reconoció como el fracaso de una década de política laicizadora.

El feminismo como pilar ideológico

Para Sárraga, el feminismo no era una causa separada del republicanismo o del librepensamiento: era su consecuencia lógica. Compartía con su época la convicción, expresada por la filósofa Amelia Valcárcel, de que “el feminismo es hijo del racionalismo, como lo es el derecho racional, la teoría de la democracia, la nueva ciencia, la visión laica del mundo”. Luchar por los derechos de las mujeres era, en ese marco, luchar contra el dogma.

El poder de la Iglesia Católica se sostenía, según ella, sobre dos pilares fundamentales: el control de la educación y el control de la mujer a través de la confesión. Liberar a la mujer de esa tutela religiosa era liberar a la sociedad entera. De ahí que en cada país que visitó, Sárraga no solo diera conferencias anticlericalistas, sino que fundara asociaciones de mujeres, escuelas laicas y organizaciones obreras donde ellas tuvieran un papel activo.

El regreso y el ocaso

En 1931, al proclamarse la Segunda República española, Sárraga regresó a una España que había cambiado profundamente durante su ausencia de casi 25 años. Los partidos políticos estaban institucionalizados y polarizados; el espacio de los propagandistas independientes se había reducido. Se presentó como candidata por el Partido Republicano Radical en las elecciones de 1933 en Málaga, esperando repetir la articulación amplia de fuerzas que había logrado en 1903. Obtuvo apenas un millar de votos.

Durante la Guerra Civil siguió activa: fue homenajeada en el Congreso de Mujeres de Valencia en 1937 y trabajó para la Asociación de Veteranos de la República. En 1939, con el franquismo ya consolidado, embarcó en Saint-Nazaire en el Flandre y llegó a Veracruz el 21 de abril, en uno de los barcos fletados por el presidente Cárdenas para los exiliados republicanos españoles.

En México, su tierra de promisión de décadas atrás, terminó escribiendo para la radio con ingresos insuficientes y trabajando como dependiente en una tienda. No dejó de hablar: en 1945 pronunció un discurso por el Día de la Mujer celebrando la victoria aliada sobre el totalitarismo y reclamando una democracia verdaderamente integral. Murió en 1950. Sus compañeros del Ateneo Pi y Margall la despidieron con una tenida fúnebre. Encontrar su tumba anónima en Ciudad de México requirió, décadas después, del esfuerzo de una historiadora chilena.

Legado

Belén de Sárraga no fue la única mujer republicana, feminista, masona y librepensadora de su tiempo, pero sí la más viajera y la propagandista republicana más conocida de su generación. Su vida recorre como un hilo rojo los grandes debates del mundo atlántico entre 1890 y 1950: el anticlericalismo, el laicismo educativo, los derechos obreros, el feminismo sufragista, el panamericanismo y, al final, la resistencia al fascismo.

Lo que la historia tiende a olvidar, como señala la autora Sylvia Hottinger Craig en el estudio académico que sirve de base a este artículo, es que Sárraga no actuó como una figura aislada y excéntrica, sino aplicando con disciplina las pautas de los movimientos a los que pertenecía. Su aparente radicalismo era, en realidad, coherencia: la de quien se tomó en serio los principios de razón, igualdad y fraternidad cuando aún costaba muy caro hacerlo.

El artículo se elaboró a partir del trabajo de la investigadora Sylvia Hottinger Craig, publicado en la revista REHMLAC.

Revista Masonería Latinoamericana

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