Hay tradiciones que nacen boca abajo: con los pies en el cielo y la cabeza rozando el adoquín. La murga es una de ellas. Nació para reírse del poder, para que el esclavo ensaye —aunque sea durante el carnaval— la carcajada que le está prohibida el resto del año. Y cuando en el carnaval uruguayo la agrupación El Queso Magro apunta su couplé hacia la masonería, no hace otra cosa que cumplir, con rigor y con gracia, el mandato más antiguo de la fiesta popular.
La música mal hecha
La murga no nació en Montevideo. Llegó por el mar, desde Cádiz, ciudad andaluza célebre por su carnaval irreverente, su sol de sal y su ingenio afilado como navaja de barbero. La propia palabra —murga— delata su origen: en castellano antiguo significaba algo así como “música mal hecha”, sonido tosco, ruido que molesta a los bien educados. Los bien educados, claro, nunca fueron el público destinatario.
La voz de la calle
A fines del siglo XIX, Montevideo ya registraba la presencia de estas agrupaciones callejeras en sus tablados. Con el tiempo, la murga uruguaya desarrolló una personalidad propia y diferenciada: mientras la murga porteña privilegia el baile y el color del desfile, la uruguaya apostó por la palabra. Por la letra punzante, el verso que duele, el coro que nombra lo que el periódico no se anima a decir. La formación clásica se construye sobre la voz coral y tres instrumentos de percusión —el bombo, el redoblante y el platillo— que golpean con una cadencia tan particular que quien la escucha una vez ya no puede olvidarla. A eso se suman el vestuario extravagante, el maquillaje que exagera y distorsiona, y la gestualidad que roza el mimo y el teatro callejero.
La murga es, antes que nada, una correa transportadora de historias. Recoge la poesía de la calle, canta los pensamientos del asfalto, da voz a lo que hierve en las esquinas y en las cocinas. Su libreto es siempre un mapa del presente: lo que preocupa, lo que indigna, lo que hace reír con la risa amarga del que conoce la trampa pero no puede evitarla. Cada conjunto construye durante meses su espectáculo: una obertura que presenta los temas del año, un cuerpo central de cuadros y couplés, y una despedida que suele ser el momento más emotivo. La crítica social no es un adorno: es la estructura misma. La veta de protesta es punzante, irónica, aguda, mordaz, inteligente y comunicativa. Sin eso, no hay murga; hay, a lo sumo, comparsa disfrazada.
La masonería y Queso Magro
En ese contexto de tradición subversiva y crítica popular llega El Queso Magro con su particular couplé sobre la masonería. El blanco elegido no es casual: la masonería encarna en el imaginario popular todo aquello que la murga está destinada a cuestionar. El secreto. La élite. Los pactos entre bambalinas. Los que deciden sin que nadie los elija.
El couplé masónico de El Queso Magro navega con pericia entre dos aguas: la burla de los bulos y leyendas que rodean a la orden —los túneles secretos, los rituales con sombras alargadas, los apretones de manos que valen más que los contratos firmados— y el señalamiento de algo que sí existe: un manto de secretismo que, en la América del Sur más austral, ha envuelto históricamente a sectores de las élites locales.
Dentro de la murga, el couplé es el formato más corrosivo. Breve, concentrado, con estribillo fácil de recordar y letra que esconde en el doble sentido lo que no puede decirse de frente. Es la herramienta del ingenio popular, heredada directamente del carnaval gaditano, donde la copla siempre fue más peligrosa que el panfleto. Cuando El Queso Magro despliega su couplé masónico ante el público del tablado, ocurre algo que tiene una larga genealogía cultural: la sátira transforma lo oculto en espectáculo. Lo que no tiene rostro, de pronto lo tiene. Lo que opera en sombras, de repente baila bajo los focos. Y esa operación —hacer visible lo que prefería la oscuridad— es, en el fondo, la función más antigua y más necesaria del carnaval.

Un arte que integra expresiones
La murga como fenómeno cultural popular determina la creación de una identidad colectiva. No hay murga sin barrio, sin comunidad que la sostenga y la haga suya. El vestuario, el maquillaje que expresa la informalidad escénica y lo grotesco, la sincronización de movimientos que da brillantez al espectáculo: todo responde a una idiosincrasia que se construye colectivamente, año a año, tablado a tablado.
El Queso Magro, al tomar a la masonería como materia de su composición, no solo está haciendo sátira de una institución particular. Está también interrogando a su comunidad sobre quién detenta el poder en la región, cómo se organizan las lealtades invisibles, qué estructuras perduran por debajo de las instituciones visibles. Son preguntas que tienen, por tradición, respuestas a carcajadas. Pero que no por eso son menos serias.
Porque esa es, en definitiva, la paradoja irresuelta y hermosa de la murga: dice las cosas más graves con la cara pintada, el bombo retumbando y el público aplaudiendo. Y quizás por eso las dice de verdad.
Revista Masónica Latinoamericana











