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La reciente condena a 22 masones franceses por homicidio, intentos de asesinato y crimen organizado reabre un debate que las obediencias prefieren ignorar.

Hace pocos días, la prensa internacional volvió a poner foco sobre un asunto que incomoda profundamente a las logias del mundo: una red criminal organizada operaba desde el interior del taller masónico Athanor, afiliado a la Gran Logia de la Alianza Masónica Francesa (GLAMF). Veintidós de sus integrantes enfrentan hoy un tribunal francés. Trece de ellos arriesgan cadena perpetua.

Entre los acusados figuran cuatro militares de la Dirección General de Seguridad Exterior, dos policías, un exagente de inteligencia interior retirado, un guardia de seguridad y dos empresarios. Los cargos incluyen el homicidio de un piloto de carreras, intentos de asesinato, agresiones agravadas y asociación delictiva. No es una novela negra. Es un proceso judicial en curso.

“Lo que emerge no es una situación aislada, sino un patrón que se repite: el templo como espacio de impunidad, el secreto como escudo, la fraternidad como coartada.”

El espejo italiano

Para entender este fenómeno en su dimensión histórica, conviene recordar el artículo publicado en la Revista Británica de Criminología en septiembre de 2023, a cargo de Anna Sergi y Alberto Vannucci: El nexo secreto. Un estudio de caso de masones desviados, mafia y corrupción en Italia.

Los autores recurren a la película italiana Un hombre común y corriente de Mario Monicelli —considerada una obra maestra de la comedia italiana— para ilustrar cómo la representación popular de la masonería ha sido la de una camarilla de funcionarios públicos de nivel medio que se dispensan favores, apoyos informales y arreglos ilícitos. Una imagen que, con el tiempo, dejó de ser solo cinematográfica.

En 1981, cuatro años después del estreno del film, estalló el escándalo de la logia P2 (Propaganda 2), dirigida por el Venerable Maestro Licio Gelli. Bajo el amparo de una logia secreta dentro del Gran Oriente de Italia, se había tejido una red clandestina que incluía a cientos de miembros de la élite política y económica del país. Los afiliados se sentían cómodos en un entorno donde los acuerdos extralegales eran recompensados con favores e inmunidad. El escándalo sacudió el sistema político-institucional italiano hasta sus cimientos y forzó la promulgación de la Ley Anselmi (n.º 17/1982), destinada a castigar cualquier sociedad secreta que se valiera de la fraternidad para interferir en las funciones públicas.

La retórica que se repite

En ambos casos —el italiano de los años ochenta y el francés de hoy— se repite una retórica casi idéntica al interior de las obediencias: la invocación de la tradición y del secreto masónico como valores sagrados e intocables. Con demasiada frecuencia, esas variables no sirven para proteger un legado filosófico o un ritual de iniciación: sirven para garantizar el silencio cómplice frente a prácticas de abuso, acoso, corrupción, extorsión y delito.

Hay además un rasgo estructural que agrava el problema. Muchas organizaciones masónicas excluyen de sus trabajos internos cualquier reflexión sobre política, derechos humanos, medio ambiente o cohesión social. Al hacerlo, inhiben en sus miembros —especialmente en los recién iniciados— el ejercicio del pensamiento crítico y el análisis del entorno. Son precisamente esas herramientas, el razonamiento autónomo y la capacidad de cuestionar, las que constituyen la primera barrera ética y moral frente a la conducta ilícita.

“Una logia que no tolera el pensamiento crítico en su interior difícilmente puede producir hombres y mujeres con capacidad de resistir la presión del grupo cuando ese grupo cruza líneas que no deberían cruzarse.”

El daño al conjunto

Sería injusto —y también inexacto— concluir de estos casos que toda la masonería es una organización criminal. Miles de hombres y mujeres trabajan en sus talleres con genuino compromiso por la mejora personal y el bien común. El daño que producen los episodios descritos recae también sobre ellos: erosionan décadas de trabajo serio y enrarecen el clima dentro de las propias obediencias.

Pero precisamente por respeto a esa mayoría, el debate no puede seguir siendo soslayado. Las instituciones masónicas que aspiran a tener un lugar legítimo en las sociedades democráticas del siglo XXI tienen ante sí una tarea urgente: abrir sus estructuras al escrutinio, fomentar la cultura del cuestionamiento interno y dejar de tratar el secreto como un fin en sí mismo.

El silencio, en este caso, no es discreción. Es complicidad.

Por Camilo Caballero G. Maestro Masón.

Referencias: Sergi, A. y Vannucci, A. (2023). “The Secret Nexus”. British Journal of Criminology. · Della Porta, D. y Vannucci, A. (1999). · Dickie, J. (2020). · Ley Anselmi n.º 17/1982 (Italia).

Revista Masónica Latinoamericana

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