Un legado forjado entre la razón y la libertad
En el vasto panorama de la historia masónica del continente americano, pocas páginas resultan tan reveladoras como las que narran el nacimiento del Rito Nacional Mexicano. Su fundación en 1825 no fue un acto aislado ni fortuito: fue la culminación de un proyecto filosófico y político que encontraba sus raíces en la Ilustración europea y en el pensamiento liberal más avanzado de su época.
El contexto: dos corrientes en pugna
Para comprender el surgimiento del Rito Nacional Mexicano es indispensable situarse en el escenario intelectual que dejó la Revolución Francesa. Dos grandes corrientes disputaban el rumbo de las naciones: el conservadurismo, que añoraba el ancien régime y buscaba restaurar el poder monárquico y clerical, y el liberalismo, heredero de los enciclopedistas, que proclamaba el reinado de la Razón y se oponía con firmeza a toda forma de tiranía.
En el corazón del movimiento liberal francés operaba una agrupación singular: La Ideología, núcleo intelectual que funcionaba como órgano de acción de la Francmasonería Primitiva Universal. Sus directores, Pedro Cabanis y Antonio Luis Destutt de Tracy, eran a la vez figuras prominentes de este Rito progresista, el único que en aquella época luchaba abiertamente por los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad, mientras los demás ritos —fundados sobre la constitución de Anderson— permanecían al margen de la Revolución o se sumaban a las causas conservadoras.
El encuentro que cambió la historia masónica de México
En 1824, el Gobierno de la joven República Mexicana comisionó a un grupo de profesores para viajar a París con el objetivo de conocer los mejores métodos de educación liberal. Fue en esos encuentros donde los comisionados tomaron contacto con Destutt de Tracy, hombre cuya influencia pedagógica ya se sentía en Estados Unidos —donde el presidente Jefferson había traducido y elogiado su obra— y en Argentina, donde el presidente Rivadavia la adoptó como doctrina oficial.
Los profesores mexicanos informaron a Tracy sobre la situación política de su patria: el Rito Escocés, introducido por los españoles, ejercía una influencia conservadora que amenazaba el proyecto liberal de la nación. Ante ello, Tracy comprendió que México era terreno fértil para trasplantar los principios del Rito Primitivo.
Nombró entonces a Guillermo Gardette, hermano que ya se encontraba en México por razones personales, como su representante para fundar allí la Francmasonería Primitiva. A este se sumó Guillermo Lamont, representante del Rito Primitivo Hispanoamericano en las Antillas, fundado por el General Francisco Miranda.
Una fundación discreta, un propósito firme
Los organizadores enfrentaban obstáculos considerables. Una nueva logia que adoptara abiertamente el nombre de “Rito Primitivo” despertaría los celos de los ritos ya establecidos y podría exponerse a represalias en caso de un cambio político desfavorable. La prudencia imponía una solución creativa: conservar íntegramente los principios del Rito Primitivo, pero bajo un nombre propio que reflejara la identidad nacional de sus integrantes.
Así, el 22 de agosto de 1825, se constituyó el Supremo Consejo del Rito Nacional Mexicano, integrado por nueve hermanos fundadores: Guillermo Gardette, Guillermo Lamont, José María Mateos, Luis Luelmo y Goyanes, Cayetano Rinaldi, Juan María Matheus, Carlos Rinaldi, Francisco Ocampo y Mariano Rodríguez.
El Reglamento General, compuesto de 29 secciones y 133 artículos, proclamó la independencia y autonomía del Rito. Sus miembros recibirían la denominación de masones mexicanos, y la estructura de grados —nueve en total, desde Aprendiz Recibido hasta Gran Inspector General de la Orden— reflejaría una arquitectura iniciática propia y soberana.
La Gran Logia Nacional Mexicana “La Luz”
Apenas concluida la organización de las primeras cinco logias simbólicas —Meridiano Anahuacense, Igualdad, Terror de los Tiranos, Despreocupación Indiana y Luz Mexicana— el 26 de marzo de 1826 se instaló la Gran Logia Nacional Mexicana “La Luz”, con el hermano Guillermo Gardette como primer Gran Maestro, en señal de continuidad ideológica con el Rito Primitivo de Francia.
El nombre elegido para la Gran Logia no era casual. La Luz condensaba en dos palabras el programa filosófico del Rito: iluminar con la razón, la educación y la libertad el camino de la nación mexicana.
Un legado que trascendió las columnas del templo
La historia posterior confirmaría que el Rito Nacional Mexicano no fue una institución encerrada en sí misma. Su labor se proyectó hacia los grandes momentos de la vida pública del país: estuvo junto a Valentín Gómez Farías, junto al Nigromante Ignacio Ramírez, junto al insigne Melchor Ocampo, y al lado del Benemérito de las Américas, Benito Juárez, en la gesta histórica que daría al pueblo mexicano las Leyes de Reforma.
El Rito Nacional Mexicano representa, en suma, un ejemplo extraordinario de masonería soberana: nacida del diálogo entre naciones, forjada con prudencia política, y comprometida con los valores universales que dan sentido a nuestra Orden.
En la memoria de sus fundadores vive el principio que los animó: que la razón, la libertad y la fraternidad son los únicos cimientos dignos de una sociedad justa.
Para la elaboración de este artículo de divulgación histórica de nuestra Revista Masónica Latinoamericana se consultó al Rito Nacional Mexicano .











